lunes, 18 de marzo de 2019

CEREBROS HUMANOS, RAZAS HUMAS



J. R. Albaine Pons

Una muestra de que los humanos seguimos evolucionando resulta del estudio de dos poblaciones que viven en elevadas altitudes del planeta. Los tibetanos, del Himalaya, muestran una sangre con mayor capacidad de transportar oxígeno que los demás humanos y los indios Aymara de los Andes, en Bolivia, muestran un corazón más fuerte. Dos soluciones biológicas distintas a un mismo problema ecológico, aire más fino y con menor concentración de oxígeno.
¿Qué no serían las variaciones de genes activos en nuestro cerebro, que aún hoy día nadie se atreve a investigar?
Desde que las Naciones Unidas, un ente político, impulsada y avergonzada por las declaraciones y acciones de Primo Levi, escritor italiano, de etnia judía, y uno de los 20 sobrevivientes del campo de concentración alemán de Auschwitz, liberado por el ejército Rojo soviético, y por ende superviviente del Holocausto realizado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial del pasado siglo, oficializó que las razas humanas no existían, que eran un constructo cultural, ahí no había ciencia, ni genética, solo política y si se quiere, mucho humanismo y mucha vergüenza ajena, las razas humanas se volvieron tabú para la ciencia.
En zoología, raza es un grupo de individuos con parecidas características físicas y conductuales, o sea poblaciones genéticamente distintas dentro de una misma especie, aunque común en el habla, no está, por supuesto, en el código formal de nomenclatura oficial, y solo se usa en animales domésticos.
Pero, ¿el ser humano? El único mono doméstico, y que a diferencia de los demás animales y vegetales domésticos, prolíficos en razas ¿no presenta razas? Lo dudo mucho.
El futuro dirá. Ninguna ideología ha detenido por mucho tiempo el avance de las ciencias y el Lisenkoismo de las Naciones Unidas con respecto al Homo sapiens (se escribe así, con H mayúscula y s minúscula), no será la excepción.
Ojo, razas humanas no significa una mejor que otra, sino cada una mejor adaptada al ambiente en que apareció y le tocó y le sigue tocando vivir.
Por supuesto, a los psicólogos evolucionistas y neurocientíficos evolucionistas los atacan por muchos lados, tanto de mala fe, como de buena fe. De buena fe lo hace el filósofo latinoamericano Dr. Mario Bunge, cuando declara a la primera una pseudociencia, porque sus análisis se basan en que el ser humano moderno que junto con el habla se adaptó a una vida de sabana hace cien mil años y así funciona su cerebro, no ha seguido evolucionando. Esto último no lo dicen los psicólogos evolucionistas, lo dice Bunge.
La psicología evolucionista parte de la premisa de que gran parte de nuestro cerebro evolucionó hace cien mil años en la sabana africana y desarrollo ahí el lenguaje y el habla y si bien tiene que haber cambiado y evolucionado en todo ese tiempo, sus procesos básicos son los mismos que entonces. No parece una mala idea ni tampoco una falsa premisa, como lo muestran muchos resultados de sus investigaciones y muchos datos de la paleogenética moderna.
Un reciente estudio publicado en “Current Anthropology” sobre 60 culturas, analizando más de 600 fuentes bibliográficas, sobre conductas dependientes básicamente de las zonas más antiguas de nuestros cerebros identificó 7 reglas morales que parecen cumplirse universalmente: ayudar a la familia, ayudar al grupo, devolver favores, ser valientes, respeto a superiores, dividir justamente recursos y respetar propiedades ajenas. Un buen apoyo a la psicología evolutiva, pero que también nos dice que las adaptaciones a nuevas ecologías debieron ocurrir en funciones de las consideradas ejecutadas por las áreas más nuevas de nuestro cerebro, evolutivamente hablando.
Claro que todo el que conoce los procesos evolutivos afirma que estos son constantes en todos los seres vivos y la adaptación a la vida en elevados territorios así lo demuestra en humanos, como antes se sabía de muchos otros organismos.
Llegará el día que veremos los genes característicos de los individuos de una raza humana, que si bien casi en todos los humanos aparecen trazas de genes de otras razas (habrá que ver en mongoles, esquimales e indígenas brasileños si lo presentan, tras vivir aislados desde hace milenios) es casi seguro que aparecerán las variaciones que hacen a unos distintos de otros para ciertas cosas, ¡y quizás no!, pero hasta que no se realicen esos estudios, no sabremos.
Ya las investigaciones biomédicas se involucran poco a poco y cada vez más en esta ruta. Se estudió el fenómeno de por qué un 70% de los fumadores de raza negra jóvenes preferían fumar cigarrillos mentolados, algo que solo hace alrededor del 10% de la población estadounidense. Se encontró una variante de un gen, productor de una proteína que en presencia del mentol permite mayor fluidez en las mucosidades pulmonares, variante no encontrada en ninguno de los controles de raza blanca.
Se reportan medicamentos que actúan distintamente o con distinta potencia en varones   y hembras, así como entre asiáticos, negros y blancos estadounidenses. Además, ciertas enfermedades son más abundantes entre personas de ciertas razas y la intolerancia a la lactosa, por ejemplo, ha sido ya un fenómeno ampliamente estudiado.
Los problemas de las ciencias son como los de las democracias, los últimos se resuelven con mas democracia y los primeros, con más ciencia. El tiempo dirá.
Aunque me parece que no estudiar científicamente algo, por acuerdos políticos, nos lleve a parte alguna, como de hecho ha sido el caso de las razas humanas.


martes, 12 de febrero de 2019

Darwin, siempre Darwin



J. R. Albaine Pons


Los 12 de febrero se celebra mundial mente el día de Charles Darwin, en honor a su cumpleaños.

Ya lo sabemos, fue el sabio y naturalista inglés que propuso la teoría de la evolución, por medio de la selección natural.

Su idea, que desarrolló durante 26 años antes de ser publicada en 1859, y que vendió la tirada de 1,500 ejemplares en un solo día, ha devenido en el real inicio de las Ciencias Biológicas, al ofrecer una base teórica para la comprensión de todo lo vivo en nuestro planeta. Todo lo que hoy vive tiene ancestros, y muchos de estos ancestros son comunes, como tenemos los humanos y los chimpancés, todos los primates, todos los mamíferos, todos los animales y también las plantas, los hongos y las bacterias.

El impacto de los trabajos de Darwin no solo dio una base teórica a la biología, sino que sus ideas de que los humanos somos un animal más en el planeta, impactó la sociedad de su época y hasta nuestros días produce controversias. Y yo he pensado que somos un simple mono doméstico, (claro, también sabemos que hay humanos más animales que otros).

La idea del psicólogo evolucionista Steven Pinker, en su último libro En Defensa de la Ilustración (2018), ya en castellano, sobre la vida me parece importante e impresionante a la vez:

La vida tiene tres factores fundamentales – la segunda ley de la termodinámica, que dice que todo sistema cerrado  aumenta su entropía, que equivale a decir que tiende al caos, la evolución por selección natural y la información, que nos permite a los seres vivos evitar en lo posible el aumento del caos o la entropía por un cierto tiempo. La vida pues, lo vivo, sale de lo físico, pasa por lo químico, evoluciona en lo biológico y se mantiene por procesos de información, que a veces confundimos con “cosas”, cuando no son más que procesos, o sea los reificamos, como la digestión, la memoria y la consciencia, por decir tres ejemplos.

Aunque en vida de Darwin toda la ciencia y gran parte de la sociedad letrada aceptó la evolución, la causa principal de la misma, la selección natural, no fue aceptada por todos. Hubo que esperar a los años 30’s del pasado siglo XX por el desarrollo de la genética de poblaciones para su aceptación casi universal en el mundo de la ciencia.

Y digo casi porque aún hoy en el 2019 salen libros a la luz con teorías, como una reciente de cambios moleculares y termodinámica, que intentan demostrar lo errónea de la evolución darwiniana. Estos intentos, en lo que llamamos mundo occidental desarrollado, se dan con frecuencia y terminan en el olvido. Y señalo esto porque, por ejemplo, en el mundo musulmán la evolución es blasfemia y por lo tanto prohibida y es muy raro que se piense, se investigue y se escriba sobre ideas prohibidas.

El Imperio Británico reconoció a Darwin. Fue una de las cinco personas no miembros de la realeza, que tuvieron un funeral de estado en todo el siglo XIX. El único científico en ese siglo. Los otros cuatro fueron el Almirante Lord Nelson, que murió en la batalla de Trafalgar y los otros tres fueron Primer Ministro o jefes de gobierno del Imperio. Darwin fue enterrado junto a Newton, así fue el único científico en los cien años que la ciencia británica iluminó al mundo con sus descubrimientos, que recibió esa distinción.

“Nada tiene sentido en biología, si no es a la luz de la evolución”. Como expresara el gran evolucionista del siglo XX Theodosius Dobzhansky, ucraniano, graduado en la Universidad de Kiev, experto en genética de poblaciones, que fue de los pocos que pudieron escapar de Joseph Stalin y su Lisenko, anti darwinistas por decreto, “uno de los fundadores de la segunda oleada de la síntesis evolutiva moderna” como lo consideró el también evolucionista y gran divulgador de la evolución , ido a destiempo, Stephen Jay Gould en su magnum opus “The Structure of Evolutionary Theory” ( 2002), y no solo de la biología, como lo muestran los textos de Dobzhansky que amplían y aplican a otros campos del saber la teoría evolucionista, como sus textos “ La Base Biológica de la Libertad Humana” ( 1954) y “Human Culture and Evolution”  (1983).

Y como tantas veces se ha escrito, solo han muerto los que nunca son recordados. Feliz cumpleaños, Charles Darwin, todo el mundo lo celebra jubiloso, aunque algunos aún lo tienen que hacer en silencio.

jueves, 31 de enero de 2019

EL EXPERIMENTO DE J.B.WATSON CON ALBERTICO: ¿UN FRAUDE CIENTIFICO EN LA PSICOLOGIA?



J.R. Albaine Pons y Domingo Carrasco

En “The Chronicle Of Higher Education”, del 2 de junio de 2014, aparece un trabajo de Tom Bartlett que inicia de la manera siguiente: “En 2009, el misterio de décadas de antigüedad de ‘Albertico’ fue finalmente resuelto. ¿O acaso lo fue?, La búsqueda del Niño Perdido de la Psicología.” Se refiere al experimento que supuestamente realizara John B. Watson en un hospital de la Universidad Johns Hopkins en Estados Unidos de Norteamérica y que lanzó el conductismo como la psicología de los Estados Unidos.
El “experimento” que Watson realizó con el bebé, quien es conocido en la literatura científica como Albertico (Little Albert), para probar que la fobia era adquirida mediante un condicionamiento clásico, fue mandado a filmar por Watson. En el film se puede ver cómo se le presentan a Albertico presuntos estímulos amenazantes, como son, un trozo de periódico ardiendo, luego un mono controlado por Watson mediante una correa atada a un collar. Inmediatamente continua frente al niño el desfile de lo que decimos son supuestos “estímulos amenazantes,” como un perro, una rata, y hasta un conejo.
¿Por qué filmar el experimento? ¿Qué fin propagandístico tenía el experimento? O peor aún, ¿sabía Watson cuál iba a ser el resultado de esta experiencia? estas sospechas son adelantadas por propio Bartlett. Este dice que estas palabras aparecen en la pantalla: “El miedo a un animal puede ser experimentalmente establecido mediante la estimulación del bebé con un sonido fuerte justo en el momento en que el animal le es presentado”. Da la impresión, por estas palabras, que el experimento fue filmado cuando se ejecutaba, y que, los experimentadores, suponían lo que iba a suceder, que no era otra  cosa que lo que tenían tramado: un show, un espectáculo, un fraude, de lo que luego resultaría ser la piedra fundacional del conductismo norteamericano.
La primera escena del desfile de los supuestos estímulos amenazantes no impresionó a Albertico. Todos eran estímulos “neutros”, que es el término con el que se designan en la jerga conductista a aquellos estímulos que no están asociados a las conductas que ellos anteceden. Entonces sucede la magia. Watson golpea con un martillo una barra de hierro y Albertico dizque se sobresalta, decimos dizque porque no se ve en el video, lo cual resultaría natural en caso de que realmente sucediera, y Pavlov ya había descrito el “reflejo de sobresalto”, conocido en España como “reflejo del moro”. Supuestamente esta experiencia se repitió varias veces, como dicen los textos, no sabemos cómo él sabía que tenía que repetirla varias veces, si hoy en día conocemos que cuando se trata de una experiencia negativa, como son las dolorosas o más bien traumáticas, basta una sola experiencia para  que genere Trastorno de Estrés Post Traumático, como en los casos, por ejemplo, de una violación sexual, un accidente de tránsito aparatoso, un acto terrorista o ser testigo presencial de un asesinato macabro. En el caso de las experiencias de condicionamiento realizadas por el propio Iván Pavlov, para activar la salivación ante el sonido de un zumbador, sonido este que no produce dolor, se necesitan muchísimos ensayos para lograr el condicionamiento.
No entendemos cómo una cosa que le ha costado tanto tiempo conocer a los psicólogos evolucionistas Watson ya la “sabía” casi un siglo antes.
Según lo que cuenta Bartlett, Watson uso a dos niños. Si, fueron dos niños diferentes. Un niño con trastornos del desarrollo y otro niño aparentemente sano. En  el video (Ver video https://www.youtube.com/watch?v=IteGZg2fWuY ) se ve que  estos estímulos neutros son presentados al niño de manera brusca, tanto así que asustaría, o mejor dicho, molestaría, no a un niño, a cualquiera. A pesar de todo, el bebé, de forma serena mira cada estímulo que le presentan con escaso interés: no hay lágrimas, ni berrinches. En cierto momento Rosalie, su ayudante, sujeta a este bebe por la espalda como para que no se cayera.
En la siguiente escena, cuenta Bartlett, lo que se puede ver en el video, que luego de la supuesta ocurrencia del ruido en presencia de la rata, el bebé, no el primero, sino otro, llora e intenta alejarse a rastras. El conejo y el mono también vuelven, junto con un perro diferente. El bebé llora cada vez que aparecen estos estímulos. Lo que sucedió, según se relata en numerosos artículos y libros, es que, por la asociación creada entre el ruido y esos animales peludos, el bebé se había condicionado a tenerle miedo a estos estímulos: al bebe se le había inculcado una fobia.
Bartlett se pregunta dramáticamente si Watson no habría generado en Albertico un terror a esos animales para toda la vida.
Un detalle sospechoso señalado por Bartlett: Watson habría proporcionado detalles biográficos relativamente escasos en las notas del experimento, y, se sabe, que había quemado sus papeles antes de su muerte. Esto dificultó durante mucho tiempo el esclarecimiento de la verdad que hoy empezamos a conocer.
Bartlett nos indica que “La verdadera identidad de ese bebé ha intrigado siempre a los estudiantes de psicología. ¿Quién era él? ¿Qué le pasó?” le preguntaban al propio Watson, quien respondía diciendo que nunca más supo de él, ni de su madre.
Ahora podemos ver alguna luz, gracias a Hall Beck, profesor de psicología en la Appalachian State University, de Carolina del Norte, quien publicó un artículo en el 2009 que arroja nuevas luces sobre el caso, aunque fue muy discutido. Beck y sus colegas investigadores habían rastreado muchas pistas sospechosas durante una década antes de llegar finalmente a una conclusión. Conclusión esta que ha cambiado la visión original de la “historia” de Albertico, según los libros de texto, que tantas veces repetimos e hicimos aprender a nuestros estudiantes de psicología.
Lo que encontraron echó una sombra aún más oscura sobre el éticamente dudoso experimento de Watson. Nadie sería capaz de mirar la película, o pensar sobre Little Albert, de la misma manera como la relatan los libros. (Aunque no hoy en día en Wikipedia).
Seamos directos, para no alargar la historia, y resumamos lo que nos dice Bartlett. Watson uso dos niños. Si, eran dos Albertico, y en el video de YouTube se ve claro: dos niños muy diferentes. Uno que pudiéramos decir, era de apariencia normal y, el otro, que era hidrocefálico y que padecía, además, de retardo mental. A este último es a quien primeramente presentan los estímulos en el experimento. Watson supuestamente golpea un tubo con un martillo que produciría, porque no se ve en el video, un ruido escandaloso que disparará el ya referido reflejo de sobresalto. Esto supuestamente hace que él bebe asocie la presencia de los estímulos inofensivos al susto que supuestamente ha sufrido, lo que le generaría como consecuencia una fobia, con lo cual quedaría completado el condicionamiento a la fobia en Albertico.
Entonces aparece en el video un Albertico (un niño diferente al primero) asustado, temeroso, que trata de escapar a los estímulos ya antes presentados  y a los cuales él (el primer niño) no temía.
Cuenta la Historia de la Psicología como creado el terror, Watson aplica, podemos decir, mágicamente, el remedio por primera vez de lo que se conoce como contra condicionamiento, técnica desarrollada años después del experimento, aunque ya conocida de Pavlov y base del fenómeno de la extinción en sus estudios. En casos de temores del tipo que acabamos de mencionar, al niño se le abraza y acaricia mientras es alimentado en presencia de los estímulos que disparan las reacciones de miedo (esta parte no aparece en el video, ¿si no se filmó, sucedió?), con lo cual las reacciones negativas irían desapareciendo paulatinamente, luego de lo cual Albertico volvería a reaccionar ante dichos estímulos como lo hiciera la primera vez, sin mostrar ningún temor.
Las investigaciones citadas por Bartlett dan cuenta de que aparecieron los dos Albertico. Si, dos, pero ya muertos.  Uno fue Douglas Merritte, el que padecía retardo mental e hidrocefalia, quien muriera a los seis años de edad. Bartlett muestra la foto de la tumba del niño, localizada por Beck y Fridlund, hallazgo reportado en 2012 como parte de su investigación sobre el caso de Albertico. El propio Beck nos dice que su investigación le tomo más años de los que el niño vivió, quien muriera en 1925. El otro fue William Albert B., de quien Bartlett muestra una fotografía aportada por una sobrina residente en Canadá, ya un señor adulto mayor, antes de fallecer a los ochenta y siete años de edad. De este último la sobrina cuenta que cuando él la visitaba, lo que hacía con cierta frecuencia, antes de entrar a la casa, ella debía encerrar en una habitación a unos perritos chihuahua que tenía, debido a que el tío Albert temía a los  perros sin importar su tamaño. Entonces, ¿Cuál fue la fobia que Watson eliminó a Albertico mediante el “contra condicionamiento”?.
De las investigaciones que se han hecho “en busca del niño perdido de la psicología” se sabe que, la madre de Albertico, horrorizada por las torturas a las que Watson habría sometido al niño, abandonó su empleo en el hospital donde éste hacia sus pruebas con los dos niños, sin que jamás se supiera de ella y de su Albertico.
Recordemos que Watson se vio envuelto en un escándalo mayúsculo al divorciarse de su esposa en esos momentos y casarse con Rosalie Rayner, la estudiante graduada que le asistió en el experimento, algo considerado muy reprochable para la época. A consecuencia del escándalo fue expulsado de John Hopkins University y de todo lo que tuviese que ver con la Psicología. Además le fueron retirados todos los títulos y honores recibidos. Sus hijos fueron criados en las estrictas medidas por él defendidas y resulto que todos intentaron suicidarse cuando adultos y uno lo logró. Curiosamente en los años 50s, todas las sanciones impuestas a Watson a raíz de dicho escándalo le fueron retiradas, y le restablecieron sus puestos, membresías y honores perdidos, según señala Bartlett; aunque ya el propio Watson no estaba interesado en la academia.
A nosotros no nos queda otra cosa que preguntarnos ¿Qué razón tan poderosa tuvieron en Estados Unidos de Norte América para perdonarle a Watson sus “ofensas” a la moral victoriana y premiarlo con su rehabilitación? Parece que al fin y al cabo lo que Watson hizo produjo algún beneficio: darle visos de legitimidad al conductismo operante que ya a mitad de los años 50s era seriamente cuestionado y, nos parece a nosotros, se necesitaba como contraparte de los descubrimientos de Pavlov en el ámbito de la Guerra Fría de la época. Independientemente de que eso fuera así, J.B. Watson fue una de las personalidades mas controversiales de la psicología estadounidense delEl experimento de J.B. Watson con Albertico: ¿Un fraude científico en la Psicología?
J.R. Albaine Pons y Domingo Carrasco
En “The Chronicle Of Higher Education”, del 2 de junio de 2014, aparece un trabajo de Tom Bartlett que inicia de la manera siguiente: “En 2009, el misterio de décadas de antigüedad de ‘Albertico’ fue finalmente resuelto. ¿O acaso lo fue?, La búsqueda del Niño Perdido de la Psicología.” Se refiere al experimento que supuestamente realizara John B. Watson en un hospital de la Universidad Johns Hopkins en Estados Unidos de Norteamérica y que lanzó el conductismo como la psicología de los Estados Unidos.
El “experimento” que Watson realizó con el bebé, quien es conocido en la literatura científica como Albertico (Little Albert), para probar que la fobia era adquirida mediante un condicionamiento clásico, fue mandado a filmar por Watson. En el film se puede ver cómo se le presentan a Albertico presuntos estímulos amenazantes, como son, un trozo de periódico ardiendo, luego un mono controlado por Watson mediante una correa atada a un collar. Inmediatamente continua frente al niño el desfile de lo que decimos son supuestos “estímulos amenazantes,” como un perro, una rata, y hasta un conejo.
¿Por qué filmar el experimento? ¿Qué fin propagandístico tenía el experimento? O peor aún, ¿sabía Watson cuál iba a ser el resultado de esta experiencia? estas sospechas son adelantadas por propio Bartlett. Este dice que estas palabras aparecen en la pantalla: “El miedo a un animal puede ser experimentalmente establecido mediante la estimulación del bebé con un sonido fuerte justo en el momento en que el animal le es presentado”. Da la impresión, por estas palabras, que el experimento fue filmado cuando se ejecutaba, y que, los experimentadores, suponían lo que iba a suceder, que no era otra  cosa que lo que tenían tramado: un show, un espectáculo, un fraude, de lo que luego resultaría ser la piedra fundacional del conductismo norteamericano.
La primera escena del desfile de los supuestos estímulos amenazantes no impresionó a Albertico. Todos eran estímulos “neutros”, que es el término con el que se designan en la jerga conductista a aquellos estímulos que no están asociados a las conductas que ellos anteceden. Entonces sucede la magia. Watson golpea con un martillo una barra de hierro y Albertico dizque se sobresalta, decimos dizque porque no se ve en el video, lo cual resultaría natural en caso de que realmente sucediera, y Pavlov ya había descrito el “reflejo de sobresalto”, conocido en España como “reflejo del moro”. Supuestamente esta experiencia se repitió varias veces, como dicen los textos, no sabemos cómo él sabía que tenía que repetirla varias veces, si hoy en día conocemos que cuando se trata de una experiencia negativa, como son las dolorosas o más bien traumáticas, basta una sola experiencia para  que genere Trastorno de Estrés Post Traumático, como en los casos, por ejemplo, de una violación sexual, un accidente de tránsito aparatoso, un acto terrorista o ser testigo presencial de un asesinato macabro. En el caso de las experiencias de condicionamiento realizadas por el propio Iván Pavlov, para activar la salivación ante el sonido de un zumbador, sonido este que no produce dolor, se necesitan muchísimos ensayos para lograr el condicionamiento.
No entendemos cómo una cosa que le ha costado tanto tiempo conocer a los psicólogos evolucionistas Watson ya la “sabía” casi un siglo antes.
Según lo que cuenta Bartlett, Watson uso a dos niños. Si, fueron dos niños diferentes. Un niño con trastornos del desarrollo y otro niño aparentemente sano. En  el video (Ver video https://www.youtube.com/watch?v=IteGZg2fWuY ) se ve que  estos estímulos neutros son presentados al niño de manera brusca, tanto así que asustaría, o mejor dicho, molestaría, no a un niño, a cualquiera. A pesar de todo, el bebé, de forma serena mira cada estímulo que le presentan con escaso interés: no hay lágrimas, ni berrinches. En cierto momento Rosalie, su ayudante, sujeta a este bebe por la espalda como para que no se cayera.
En la siguiente escena, cuenta Bartlett, lo que se puede ver en el video, que luego de la supuesta ocurrencia del ruido en presencia de la rata, el bebé, no el primero, sino otro, llora e intenta alejarse a rastras. El conejo y el mono también vuelven, junto con un perro diferente. El bebé llora cada vez que aparecen estos estímulos. Lo que sucedió, según se relata en numerosos artículos y libros, es que, por la asociación creada entre el ruido y esos animales peludos, el bebé se había condicionado a tenerle miedo a estos estímulos: al bebe se le había inculcado una fobia.
Bartlett se pregunta dramáticamente si Watson no habría generado en Albertico un terror a esos animales para toda la vida.
Un detalle sospechoso señalado por Bartlett: Watson habría proporcionado detalles biográficos relativamente escasos en las notas del experimento, y, se sabe, que había quemado sus papeles antes de su muerte. Esto dificultó durante mucho tiempo el esclarecimiento de la verdad que hoy empezamos a conocer.
Bartlett nos indica que “La verdadera identidad de ese bebé ha intrigado siempre a los estudiantes de psicología. ¿Quién era él? ¿Qué le pasó?” le preguntaban al propio Watson, quien respondía diciendo que nunca más supo de él, ni de su madre.
Ahora podemos ver alguna luz, gracias a Hall Beck, profesor de psicología en la Appalachian State University, de Carolina del Norte, quien publicó un artículo en el 2009 que arroja nuevas luces sobre el caso, aunque fue muy discutido. Beck y sus colegas investigadores habían rastreado muchas pistas sospechosas durante una década antes de llegar finalmente a una conclusión. Conclusión esta que ha cambiado la visión original de la “historia” de Albertico, según los libros de texto, que tantas veces repetimos e hicimos aprender a nuestros estudiantes de psicología.
Lo que encontraron echó una sombra aún más oscura sobre el éticamente dudoso experimento de Watson. Nadie sería capaz de mirar la película, o pensar sobre Little Albert, de la misma manera como la relatan los libros. (Aunque no hoy en día en Wikipedia).
Seamos directos, para no alargar la historia, y resumamos lo que nos dice Bartlett. Watson uso dos niños. Si, eran dos Albertico, y en el video de YouTube se ve claro: dos niños muy diferentes. Uno que pudiéramos decir, era de apariencia normal y, el otro, que era hidrocefálico y que padecía, además, de retardo mental. A este último es a quien primeramente presentan los estímulos en el experimento. Watson supuestamente golpea un tubo con un martillo que produciría, porque no se ve en el video, un ruido escandaloso que disparará el ya referido reflejo de sobresalto. Esto supuestamente hace que él bebe asocie la presencia de los estímulos inofensivos al susto que supuestamente ha sufrido, lo que le generaría como consecuencia una fobia, con lo cual quedaría completado el condicionamiento a la fobia en Albertico.
Entonces aparece en el video un Albertico (un niño diferente al primero) asustado, temeroso, que trata de escapar a los estímulos ya antes presentados  y a los cuales él (el primer niño) no temía.
Cuenta la Historia de la Psicología como creado el terror, Watson aplica, podemos decir, mágicamente, el remedio por primera vez de lo que se conoce como contra condicionamiento, técnica desarrollada años después del experimento, aunque ya conocida de Pavlov y base del fenómeno de la extinción en sus estudios. En casos de temores del tipo que acabamos de mencionar, al niño se le abraza y acaricia mientras es alimentado en presencia de los estímulos que disparan las reacciones de miedo (esta parte no aparece en el video, ¿si no se filmó, sucedió?), con lo cual las reacciones negativas irían desapareciendo paulatinamente, luego de lo cual Albertico volvería a reaccionar ante dichos estímulos como lo hiciera la primera vez, sin mostrar ningún temor.
Las investigaciones citadas por Bartlett dan cuenta de que aparecieron los dos Albertico. Si, dos, pero ya muertos.  Uno fue Douglas Merritte, el que padecía retardo mental e hidrocefalia, quien muriera a los seis años de edad. Bartlett muestra la foto de la tumba del niño, localizada por Beck y Fridlund, hallazgo reportado en 2012 como parte de su investigación sobre el caso de Albertico. El propio Beck nos dice que su investigación le tomo más años de los que el niño vivió, quien muriera en 1925. El otro fue William Albert B., de quien Bartlett muestra una fotografía aportada por una sobrina residente en Canadá, ya un señor adulto mayor, antes de fallecer a los ochenta y siete años de edad. De este último la sobrina cuenta que cuando él la visitaba, lo que hacía con cierta frecuencia, antes de entrar a la casa, ella debía encerrar en una habitación a unos perritos chihuahua que tenía, debido a que el tío Albert temía a los  perros sin importar su tamaño. Entonces, ¿Cuál fue la fobia que Watson eliminó a Albertico mediante el “contra condicionamiento”?.
De las investigaciones que se han hecho “en busca del niño perdido de la psicología” se sabe que, la madre de Albertico, horrorizada por las torturas a las que Watson habría sometido al niño, abandonó su empleo en el hospital donde éste hacia sus pruebas con los dos niños, sin que jamás se supiera de ella y de su Albertico.
Recordemos que Watson se vio envuelto en un escándalo mayúsculo al divorciarse de su esposa en esos momentos y casarse con Rosalie Rayner, la estudiante graduada que le asistió en el experimento, algo considerado muy reprochable para la época. A consecuencia del escándalo fue expulsado de John Hopkins University y de todo lo que tuviese que ver con la Psicología. Además le fueron retirados todos los títulos y honores recibidos. Sus hijos fueron criados en las estrictas medidas por él defendidas y resulto que todos intentaron suicidarse cuando adultos y uno lo logró. Curiosamente en los años 50s, todas las sanciones impuestas a Watson a raíz de dicho escándalo le fueron retiradas, y le restablecieron sus puestos, membresías y honores perdidos, según señala Bartlett; aunque ya el propio Watson no estaba interesado en la academia.
A nosotros no nos queda otra cosa que preguntarnos ¿Qué razón tan poderosa tuvieron en Estados Unidos de Norte América para perdonarle a Watson sus “ofensas” a la moral victoriana y premiarlo con su rehabilitación? Parece que al fin y al cabo lo que Watson hizo produjo algún beneficio: darle visos de legitimidad al conductismo operante que ya a mitad de los años 50s era seriamente cuestionado y, nos parece a nosotros, se necesitaba como contraparte de los descubrimientos de Pavlov en el ámbito de la Guerra Fría de la época. Independientemente de que eso fuera así, J.B. Watson fue una de las personalidades mas controversiales de la psicología estadounidense del 

sábado, 12 de enero de 2019

MUCHAS GRACIAS POR SUS COMENTARIOS

viernes, 25 de marzo de 2016

UN CUENTO DE SEMANA SANTA

J.R. Albaine Pons

En todo mi entorno, nadie dudaba de la existencia de Dios. Todos también creían que los muertos, bajo ciertas circunstancias, salían a caminar por ahí.

Le contaban a cualquiera, en cualquier conversación trivial, que Antonito Luna  sale de noche y llora en las esquinas del cementerio hasta que se levanta el sol, porque aún sufría por haber matado a su mujer en su propia cama, que él había comprado a plazos en la mueblería La Fe, de unos evangélicos, cuando la encontró desnuda con su primo hermano entre las piernas, que elevadas y temblorosas dejaban ver las nalgas escuálidas y pálidas de su primo en el medio; y que luego  de la puñalada que atravesó el corazón de su mujer que solo pudo abrir la boca aunque nada dijo, ni gritar pudo, le dijo al primo: vete, no puedo matar  mi sangre.

Y antes de que llegaran los policías, los médicos, los vecinos, la ambulancia, los curiosos, y de que se desmayara la cocinera, que dormía en la casa y estaba con la familia desde hacía treinta años, él se ahorcara con una corbata amarilla de flores rosadas que le había regalado esa, su mujer, en un pasado cumpleaños.

Todavía después de muerto la seguía queriendo, a ella, la que murió por su mano; no podía olvidar su pelo rizo y esa sonrisa que le alegraba tanto sus tiempos buenos y también sus tiempos malos, su cuerpo tan ligero y sus suspiros que escuchaba durante las noches y también en algunos días, encerrado en su nicho de cemento en el cementerio municipal; y salía por las noches a llorar su muerte y su ida a destiempo. Y a todo el mundo le parecía sumamente lógico que saliera y que llorara y que la siguiera llorando y que la siguiera queriendo. Porque siempre, desde que el mundo es mundo, han existido los amores que matan; siempre con un profundo suspiro, decía aquel que contaba la historia.

Ese era mi mundo y entre esos mitos fue mi infancia.

Y eso hacía que yo todavía, ya un adolescente, diese una vuelta enorme por otras calles para no tener que pasar cerca del cementerio, cuando volvía por las noches a mi casa. Por suerte, llegué a pensar alguna vez, los muertos son medio haraganes, nunca salen lejos de sus tumbas. Medio haraganes o faltos de ejercicios, llegué a pensar después.

Pero quizás Yo era muy curioso.

En segundo año de bachillerato, el Hermano Bernardo, que nos enseñaba literatura española y latinoamericana en las clases de español y siempre encontraba la oportunidad de repetir algo de Amado Nervo, quizás por ser mejicano, su preferido era La Amada Inmovil, aún recuerdo:- ¡De tal manera la quería,/ que estar sin ti es estar sin mí!- y pensábamos algunos que se incorporó a los Hermanos de la Salle porque se le murió alguna noviecita, fue a quien escogí para preguntar en un pasillo del colegio que estaba frente a la cancha de baloncesto, si se podía ser cristiano sin ser católico y su respuesta y su elevado tono de voz y la iracundia que apareció en sus ojos todavía las recuerdo, que eso era imposible, que nadie podía ser cristiano sin ser católico.


Mi voz con algo de miedo le dijo que mi vecina, Doña Florida era cristiana evangélica, que leían la Biblia todo el tiempo y que insistían en ser los mejores cristianos. ʺ¡¡ Mienten, mienten!!ʺ, casi como un grito fue su respuesta. Claro, no me convenció. Pero me dejó asustado.

Yo era muy amigo de Manuelito, el hijo de nuestros vecinos evangélicos e iba mucho a su casa, a conversar, a jugar y ya con más edad a ver a su hermana pasar y a intercambiar las revistas eróticas de la época, que llegaban puntualmente todos los meses a un librero callejero del centro del pueblo, al cruzar el edificio de correos, como aquella famosa Pimienta, editada por cubanos de Miami, que todos los muchachos no nos cansábamos de hojear.

Mi madre era una mujer elegante y siempre lo que se dice bien puesta. Desde que se levantaba usaba zapatos de tacones (tacones bajos) y tenía su larga melena rubia bien cepillada hacia atrás, pintalabios y algo suave de colorete en las mejillas. Decía que a ella nadie nunca la había visto en chancletas. Quizás por eso un día le pregunté a Doña Florida, nuestra vecina que todos los días salía temprano a trabajar a la tienda de muebles de su marido Don Manuel; “¿Doña Florida, pero Ud. nunca se pinta, ni se pone pintalabios?” Claro, expresión-pregunta de un casi adolescente curioso y algo atrevido. “Claro que no, la Virgen María nunca se pintó, ni nunca se puso tacos ni medias de nylon”.

No se si fue que me sentí herido porque imaginé un comentario negativo sobre mi madre o fue que me salió decir lo que dije por asociación de ideas y una presunción de ser inteligente y por lo tanto lógico.-¡ Pero Doña Florida, la Virgen María se montaba en un burro y Ud. tiene un Chevrolet  Bel-Air del año!-

Por supuesto, la queja llegó a mi padre, que le había faltado el respeto a Doña Florida y la golpiza y el castigo del fin de semana sin cine, ni juego de pelota, ni salida, no se hizo esperar.

Entre nuestra casa y la de Manuelito estaba la fábrica de tacones de madera para zapatos de mujer de los Hermanos Rodríguez. Fermín, uno de ellos y de quien puedo decir que conocía desde que nací, y era con quien me sentía más cercano, había escuchado mi conversación con Doña Florida, pero nunca me pasó por la mente pensar que fuese él quien había llevado el cuento a mi casa. Años después supe que fue el mismo Don Manuel quien fue a contarle y a quejarse con mi padre. A los pocos días del suceso, Fermín me dice: “Mon, eres despierto, pero en este país hay que aprender a entender y tener la boca cerrada. Ya mataron a Trujillo, pero uno nunca sabe”.

Hasta ese día creí en Dios.

Entre la mentira del Hermano Bernardo y el show que me armó Doña Florida pensé: Todo eso de las religiones deben de ser cuentos, lo de los muertos andantes también. ¿Cómo será de verdad el mundo? Pero me llevé de Fermín, no se lo conté a nadie.

Ese año, durante las vacaciones de Semana Santa, partí tres días a la playa de Puerto Plata con otro amigo y también vecino, El Cabo. Con dos pequeños bultos nos fuimos a Las Carreras, la amplia calle donde se estacionaban los autos de servicio público que tenían la ruta hacia Puerto Plata, abordamos un auto no muy nuevo ni en muy buenas condiciones y nos fuimos de aventura hacia el norte, hacia la mar. Lo curioso fue que mis padres al yo decir que iba con El Cabo supusieron que iba con sus padres y los de él entendieron lo mismo, a nadie le podía pasar por la cabeza que nos íbamos los dos solos.

Estábamos sentados en la arena de la playa de Long Beach él y yo solos, y unos 20 metros detrás de nosotros, debajo de una mata de uva de playa, cinco mujeres que a leguas se notaba que eran prostitutas, cueros, como les decimos comúnmente, también sentadas en la arena en compañía de un hombre. Tenían una gran toalla de playa y sobre ésta, comida, bebida y una radio-casetera con merengues a todo volumen y algunas de las mujeres bailaban solas, aunque libidinosamente, en grandes trajes de baño bikini. Las veíamos solo de reojo.

Mas nadie en la playa de Long Beach de Puerto Plata. El mar con su coloración verde azul y finas franjas moradas de las zonas de algas estaba tranquilito. A lo lejos el rompeolas coralino natural dejaba ver una línea tenue de espuma blanca para mas allá cambiar el mar de color y volverse azul profundo, algo metálico por los rayos del sol. Era un Jueves Santo y hasta algo de miedo nos daba meternos al agua, cosa que hicimos aunque muy cerca de la orilla siempre. Pero estaba en la playa y me bañe en el mar, era mi liberación de las creencias con las que había crecido, o eso pensé yo. Pero no pudimos con la soledad, estaba tan desierta la playa que sin discutirlo ni expresarlo sentimos un miedo proverbial de que algo podía salir mal y así, luego de irnos por la tarde al pueblo y dormir en un hotelito de los que cobraban por horas, al otro día temprano volvimos a Santiago. Un viernes Santo, éramos, mi amigo y yo, los únicos pasajeros del carro público que iba a Santiago, y eso, porque había ido a Puerto Plata a llevar unos paquetes de madrugada.

Pero recuerdo la carretera, y recuerdo que la íbamos comentando. Al salir de Puerto Plata todo era caña de azúcar, verde cotorra al sol y ya alta. La brisa empujaba las hojas como si fuesen olas de mar, pero el tono era de distinto verde y así seguía la carretera, casi en una línea recta hasta llegar al cruce de Sosua e iniciar la subida de las lomas. En Yásica, que el chofer nos pidió disculpas porque tenía que desmontarse a algo, aprovechamos y nos fuimos a ver el rio Yásica, que se movía como una culebrita en el fondo de una profunda barranca perpendicular al rio. Recuerdo que dije a mi amigo, Yo no sé, pero no quisiera vivir aquí, un día este pueblo se va a derrumbar y amanecerá en el medio del rio, pero la vista era espectacular. Y las amapolas estaban ya en flor cubriendo de sombra a los cafetos. Aprovechamos y compramos unos quesos, si no, nadie nos creería que nos fuimos solos a la playa. Al llegar a La Cumbre, el lugar más alto de la carretera, los tres, mi amigo, el chofer y Yo nos quedamos callados, al pasar la entrada del pequeño camino donde hace pocos años la dictadura de Trujillo mató a palos a tres hermanas y su chofer, que se consideraban desde entonces heroínas del país y el viejo auto, un Austin europeo, inició el descenso de regreso a nuestras casas.

Agradable, a pesar de todo, La Cumbre, los profundos barrancos a una orilla de la carretera no daban miedo, pues el monte los cubría y los aguacateros sobresalían a los demás árboles, con sus hojas verde oscuro de temporada de cambio, previo a la refoliación y a la producción de aguacates criollos que eran famosos por todo el Cibao.

Es que las Semanas Santas de mi infancia eran atroces. Música Clásica en la radio el día entero, todo el tiempo, ni noticias se ofrecían; música de muertos le decían. Un gran silencio en todo el pueblo, pues Santiago aún no llegaba a ser ciudad; las iglesias cubiertas por paños morados, todas sus vírgenes, todos sus santos, todos sus altares, todo era lúgubre. Que no se podía ir al rio ni ir a la piscina pues uno desaparecía y se convertía en pez. Que no se podía ni golpear un árbol con una vara o una pelota porque la sangre de Jesucristo brotaría al instante. Imagínese Ud. amigo lector, encontrarse uno de frente con la sangre de Cristo.

Y las Procesiones por las tardes. Procesiones de damas de blanco, las Hijas de la Altagracia, y un gentío detrás en dos filas, una a cada lado de la calle, hasta llegar al primer santo, generalmente una Virgen y de ahí para atrás todos agolpados ocupando la calle en pleno, en un desfile de una iglesia a otra con La Dolorosa a cuestas, con el Jesús Sacrificado, con San José, el padre afligido, algunos con una cruz a cuestas, con el finalmente Jesús Resucitado.  La banda de música de los bomberos municipales entonaba algo lúgubre, con la tuba siempre sobresaliendo sobre el ruido de los demás instrumentos y el bombo con sus pausadas explosiones que intentaban supuestamente interpretar  alguna pieza de réquiem clásico, siempre cerraba la Santa Procesión.

 El único punto jubiloso de la semana era la quema del Judas, un monigote lleno de fuegos artificiales que se paseaba el Sábado Santo por las distintas calles en cada barrio, bajo el cántico de: “¿Y a qué hora lo matan? a las tres…¿y a qué hora lo matan? a las tres”, repetido una y otra vez con toda la chiquillada detrás y unos beatos cargando el muñeco. A las tres de la tarde en alguna esquina o solar yermo,  se incendiaba y sonaban los cohetes chinos pegados al espantajo del Judas, bajo el aplauso y los gritos de todos los presentes. El pueblo se vengaba así de aquel que vendió a Jesús por unas monedas de plata y ya podía Jesús resucitar otra vez el domingo y todos volver a una vida normal, con música, con juegos de pelota, con visitas al rio, donde Dios todo lo veía, todo lo sabía, todo lo perdonaba y los muertos volvían a desparramar sus lágrimas por las noches en las esquinas del cementerio del pueblo. Esa fue mi cultura y la cultura de mi infancia.


martes, 15 de septiembre de 2015

OLIVER SACKS: IN MEMORIAM (publicado en Acento.com, 15 de septiembre 2015)

 J.R. Albaine Pons

 En febrero 19 de este 2015 un escrito en la página de Opinión del NY Times lanzó un estremecimiento y un dolor de pena en gran parte del mundo académico, científico e intelectual de las neurociencias. Oliver Sacks, el gran neurólogo y divulgador de la medicina y quien nos hizo ver el mundo particular y único de cientos de sus pacientes, y de él mismo, anunció que semanas antes se le comunicó que moriría sin remedio en pocos meses.

 Desde hacía nueve años le habían descubierto y operado un melanoma ocular que terminó por dejarle sin visión del ojo izquierdo. Ahora, dice en su carta-ensayo de febrero, las metástasis ocupan un tercio de su hígado y no pueden ser destruidas ni detenidas.

 Escribe Sacks:” depende de mí ahora como escojo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivir de la manera más rica, profunda y productiva que pueda”. Y señala que en esto le ayuda las palabras  de uno de sus filósofos favoritos, David Hume, quien al saber que estaba mortalmente enfermo a la edad de 65 años, escribió una corta autobiografía en un solo día, en abril de 1776 y la tituló “Mi propia vida”.

 Señala Sacks que ha tenido suerte, que ha escrito cinco libros y una autobiografía que pronto saldrá, en los 15 años que ha sobrevivido a Hume y que otros libros están en su etapa final.

Contrario a Hume quien escribió que “era difícil estar más alejado de la vida de lo que estoy en el presente”, Sacks escribe que “ se siente intensamente vivo y que espera en el tiempo que le queda profundizar sus amistades, despedirse de los que ama, escribir más, viajar si tiene las fuerzas, adquirir nuevos niveles de comprensión y de intuición”.

Dice que aún le preocupa el Oriente Medio, el calentamiento global y el crecimiento de desigualdades, pero que esas cosas no son ya de su incumbencia; que pertenecen al futuro y que dado los jóvenes médicos que le han atendido tan bien considera “al futuro en buenas manos”.

Escribió finalmente: “No pretendo aparentar estar sin miedo …y sobre todas las cosas he sido un ser consciente, un animal pensante, en este maravilloso planeta y eso en si mismo ha sido un enorme privilegio y una aventura…Cuando la gente muere, no puede ser reemplazada. Dejan agujeros que no pueden ser cerrados, porque es el destino-genético y neural- de cada ser humano, ser un individuo único, encontrar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte”.

Esta carta se publicó en el NY Times y en otros muchos periódicos del mundo y es que Oliver Sacks no fue cualquier cosa. No era un científico, pero si fue un médico que con sus escritos colocó la humanidad de sus pacientes en primer plano y mostró a mucha gente que las enfermedades del cerebro, si bien afectaban la vida, y en ciertos casos de manera drástica, la humanidad de la persona no estaba perdida. Y recordaba a los amigos, parientes y médicos que rodean a un enfermo, que estar vivo, aunque enfermo, aún era una gran dicha y que se requiere comprensión y respeto por la peculiaridad de los individuos.

El 30 de agosto pasado, a  los 82 años, falleció el Dr. Oliver Sacks. Su foto y la noticia de su deceso fue primera plana en múltiples medios de comunicación mundial.

Oliver Sacks no sólo fue un gran divulgador de su neurología, que ya después de él, tendrá otros mundos y visiones sobre los pacientes. Demostró además ser un scholar, un erudito, como lo prueba su trabajo de 1995 “Escotoma: una historia de olvido y desprecio científico”. En este aporte presentando casos sobre la historia de la ciencia nos inicia en los escritos sobre las migrañas de 1860, pasa por la distrofia muscular y la obra de G.B.Duchenne, los miembros fantasmas ( que él había percibido en sí mismo luego de un trauma en una pierna) y los trabajos de los soviéticos A.N.Leontiev y A.V.Zaporozhets al respecto ( algo nada común en la literatura científica del “mundo libre”), sigue con Darwin, Newton y Goethe y su teoría de los colores y finalmente por P.K.Anokhin y otros soviéticos con sus teorías de funcionamiento cerebral sistémico hasta nuestros días, con G. Edelman y su darwinismo neural. Un “tour de forcé” que solo en las manos de un gran escritor y en la mente de un completo conocedor puede alcanzar la profundidad y la simpleza con que lo presentó Sacks.

Quizás fue más conocido por el gran público por su libro Despertares del 1973. En esta obra narra sus propias experiencias de 1969 con la novedosa droga L-Dopa en pacientes paralizados por décadas, que él sospechaba se debía a la epidemia de encefalitis letárgica ocurrida en los años 20 en la ciudad de New York, y que fueron despertados temporalmente a otro tiempo y otra vida 40 años después. En 1990 su libro fue llevado al cine y el recientemente desaparecido Robin Williams representó el personaje del propio Sacks y Robert De Niro a Leonard Lowe, el primer paciente tratado. La película fue nominada a tres Oscar y dirigida por Perry Marshall. Y desde entonces es material obligatorio a muchos estudiantes de medicina en el mundo, y, por supuesto, a los míos en nuestra UASD.

No encontramos una manera más apropiada para expresar nuestra admiración y respeto por la vida y obra del Dr. Sacks que comentar a nuestros lectores el primer ensayo suyo aparecido post-mortem, solo unos días después de su partida. “Ansia” es como ha sido traducido al castellano.

Narra la experiencia de un paciente que le visitó en el 2006, Walter B., de 49 años, y a quien adolescente tras un golpe en la cabeza sufría de brotes epilépticos. Los ataques se hicieron tan frecuentes que ya no eran controlados por fármacos y se le realizaron dos profundas cirugías en el lóbulo temporal derecho de su cerebro. Se controlaron mejor las convulsiones, pero aparecieron efectos secundarios dramáticos.

Walter comenzó a comer en exceso y a ganar peso. Se volvió irritable y distraído; y desarrollo un apetito sexual insaciable. Cuando su señora, por cansancio, no podía complacerlo más comenzó a buscar otras opciones y encontró que la manera más fácil era la Internet y su pornografía, y así pasaba horas y horas masturbándose por las noches.

Sus gustos se volvieron más extraños y radicales en cuanto al porno y terminó descargando y comprando pornografía infantil.

Walter intentaba controlarse. Trabajaba y tenía vida social, pero en las noches, a solas, era vencido por sus ansias, por su compulsión. Profundamente avergonzado no contó nada a nadie y mantuvo una doble vida durante nueve años.

Un día fue allanado por la policía y acusado de tener pornografía infantil en su computadora y entonces se derrumbó el mundo de Walter B. Otro neurólogo que le atendió le diagnosticó el síndrome de Klüver y Bucy, pero aún así el fiscal pidió 20 años de cárcel; aunque la comprensión del juez y una carta enviada por el Dr. Sacks sobre la conducta de Walter y su enfermedad hizo que recibiera una condena reducida y tratamiento. Su esposa le apoyo en todo momento y años después Walter le diría al Dr. Sacks que se consideraba una persona feliz.

Operando monos en 1937 a los cuales se les eliminaba el área inferior del lóbulo temporal cerebral, el hipocampo y la amígdala límbica, Klüver y Bucy reportaron que estos desarrollaban lo que llamaron ceguera psíquica, hiperfagia e hipersexualidad y exceso de oralidad. Pronto se supo que la primera se debía al daño temporal y que los demás signos y síntomas se debían a la ablación de la amígdala límbica. El síndrome de Klüver y Bucy es un modelo que aparece en todos los textos de neurociencias y de biología y fisiología sicológicas. Los textos siempre presentan fotos de animales de laboratorio, ratas y gatos, intentando copular con lo que sea que esté a su alcance en sus jaulas: teléfonos, muñecos, cepillos de pelo y lo que fuese. Es más marcado en machos que en hembras y se elimina con castración. Hoy sabemos que la inhibición que ejerce la amígdala sobre el hipotálamo anterior, principal receptor de hormonas sexuales en mamíferos, al eliminarse permite a los núcleos hipotalámicos entrar en “overdrive”.

Fue en 1983 cuando se reportó por vez primera en un ser humano como consecuencia de un tumor en la amígdala límbica que finalmente produjo la muerte del paciente y se pudo examinar su cerebro post-mortem. Aunque con anterioridad se tienen reportes de componentes del Klüver y Bucy en personas operadas en el lóbulo temporal. Recientemente varias investigaciones lo han relacionado con los efectos posteriores a encefalitis por herpes simple y hay un caso en un bebé, luego de un síndrome de Reye.

El doctor Sacks había publicado el caso de Walter B. en una revista médica en el 2010, como coautor y nos llama la atención que fuese ahora, cinco años después cuando publicara un ensayo periodístico sobre el mismo y que resultó post-mortem.

Pero Sacks era una persona muy enterada. Judío por nacimiento e Inglés por ciudadanía, provenía de una familia de intelectuales y profesionales y realizó casi toda su vida profesional en New York, Estados Unidos, aunque nunca abandonó su ciudadanía británica.

Hace poco tiempo, aquí en nuestra República Dominicana un hecho ocupó a la prensa mundial. El Nuncio Apostólico del Vaticano fue retirado  de su puesto diplomático y de su condición de sacerdote acusado de inconducta sexual con menores de edad, de pederastia. Su juicio se inicio en el Vaticano que por vez primera en toda su historia enjuiciaba a un sacerdote públicamente por dicha conducta, que ya había sido piedra de escándalo en muchos países por miembros del clero católico. Dicho Nuncio fue tratado por todos, aquí y allá, como un criminal. Nadie habló de que podía ser un enfermo. Pudo serlo. Pero una repentina enfermedad cardíaca (vaticana, según muchos mal pensados) ocasionó su rápida  y sorprendente muerte  a destiempo. No pudo ser juzgado. No pudo verse si fue un criminal porque estaba enfermo neuralmente o por otra causa. Nada se supo ni se sabe. Murió el 27 de agosto, tres días antes del Dr. Sacks.

 ¿Tenía el Dr. Oliver Sacks un ensayo escrito para publicarlo durante el juicio vaticano contra el ex-nuncio? Ya no lo podemos saber. Pero su insistencia durante toda su vida de ver la humanidad como algo variable ante la enfermedad nos permite pensarlo. También el hecho de que fuese su primer ensayo post-mortem.


 Con toda seguridad todos sus libros serán reeditados en muchas lenguas. A mis estudiantes, que no dejen pasar la oportunidad de su lectura. Los hará mejores médicos y personas más abiertas a las múltiples vías que le presentarán la vida y su propia profesión.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Sin necesidad de sedación: Científicos descubren nuevo nodo del sueño profundo en el cerebro

Una reseña de Ellen Goldbaum aparecida en Medical Xpress da cuenta que con el uso de genes que controlan genes, los investigadores de la Universidad de Buffalo y la Universidad de Harvard fueron capaces de 'encender' neuronas específicas en el tronco del encéfalo que producen un sueño profundo (Medical Xpress). Dice la información que un circuito que estimula el sueño profundo, el cual está ubicado en lo profundo del tronco cerebral primitivo, muestra cómo caemos en el sueño profundo. Descubierto por investigadores de la Escuela de Medicina de Harvard, la Escuela de Medicina de la Universidad de Buffalo y de Biomedical Sciences, es el segundo "nodo del sueño" identificado en el cerebro de los mamíferos, cuya actividad parece ser a la vez necesaria y suficiente para producir el sueño profundo.

La investigación que reseña Medical Xpress fue publicado en Internet en agosto en la revista Nature Neuroscience. Este estudio demuestra que la mitad de toda la actividad que estimula el sueño del cerebro se origina en la zona para-facial (PZ) en el tronco cerebral. Se indica que el tronco cerebral es una parte primordial del cerebro que regula las funciones primordiales necesarias para la supervivencia, como pueden ser la respiración, la presión arterial, la frecuencia cardiaca y la temperatura corporal.
"La estrecha asociación de un centro del sueño con otras regiones que son críticas para la vida pone de relieve la importancia evolutiva de sueño en el cerebro", según declara Caroline E. Bass, profesora adjunta de Farmacología y Toxicología de la Facultad de Medicina de la UB y de Biomedical Sciences,  co-autores del artículo.

Continua diciendo la información que los investigadores hallaron que un tipo específico de neurona en el PZ  hace que el ácido gamma-aminobutírico (GABA) sea el responsable de sueño profundo. Destaca la nota que para llegar a los resultados que estamos informando utilizaron un conjunto de herramientas innovadoras para controlar con precisión estas neuronas de forma remota, en esencia, dándoles la capacidad de activar y desactivar las neuronas a voluntad.
La esperanza que nos trae la información es que con el tiempo estos resultados pueden traducirse en nuevos medicamentos para el tratamiento de los trastornos del sueño, incluyendo insomnio, y el desarrollo de una mejor y más seguro anestésicos.